Héctor Germán Oesterheld
Una aventura interior
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Guillermo Saccomanno, Carlos Trillo
Guionistas e investigadores, Buenos Aires, Argentina

Resumen

No hace falta resumir el contenido de ese artículo que, después de más de veinte años, repropone, con una nueva introducción actualizada, la famosa cuanto desde hace tiempo imposible de hallar entrevista que los autores le hicieron a Héctor Germán Oesterheld y publicaron en su agotadísima «Historia de la historieta argentina» (Ediciones Récord, Buenos Aires, 1980). Como es noto se trata del documento más amplio y profundizado que nos queda a propósito de la figura fundamental de los años de oro de la historieta argentina. En este número se publica la sola entrevista, mientras se posterga al próximo la útil cronología que en libro citado la acompaña.

Abstract

It is not necessary to summarize the content of this article that, after more than twenty years, re-proposes, with a new updated introduction, the famous interview, whatever for a long time impossible to find, that the authors did to Héctor Germán Oesterheld and published in their sold out «Historia de la historieta argentina» (Ediciones Récord, Buenos Aires, 1980). As it is well-known it is the amplest and deepened document that remains with regard to the fundamental figure of the gold years of the Argentine comics. In this number only the interview is published, while the useful chronology that in mentioned book accompanies it is delayed to next one.

 

Elogio de la sombra

Los especialistas y críticos de los medios de comunicación de masas, todos aquellos interesados en las literaturas marginales, cuentan a Oesterheld como uno de sus más empecinados cultores. Oesterheld encarna al creador (trabajador) intelectual anónimo que, desde la oscuridad de una redacción, establece un sólido vínculo con una inabarcable masa de lectores. Este tipo de narrador mítico que goza y hace gozar contando historias que no son de nadie al ser de una comunidad. ¿Sería arriesgado conectar a Oesterheld con esos antiguos juglares que echaron a andar por el mundo leyendas que aún perduran en la imaginación colectiva?
Sus personajes alimentaron durante más de 25 años las mejores fantasías colectivas argentinas y casi dos generaciones de niños aprendieron muchas cosas sobre la carnadura del hombre, sobre la amistad, sobre el heroismo, leyendo sus historietas.
En sus últimos años militó en la Organización Montoneros y sufrió la encarnizada persecución y finalmente la muerte a manos de la sangrienta dictadura militar que arrasó la Argentina entre 1976 y 1983. Su nombre figura, desde abril de 1977, en la interminable lista de desaparecidos a manos del terrorismo de estado.
Queremos recordar hoy una charla que tuvimos con el guionista luego de una mesa redonda sobre la historieta a comienzos de la década del 70.
Nos confesó en ella que se consideraba ante todo un artesano, y quizás por este motivo elaboraba sus guiones con lápiz y papel amasando cada palabra, cada historia, relegando la por entonces ruidosa máquina de escribir para aprovechar el silencio de las largas noches de trabajo.
Nunca le preocupó que muchos de sus personajes recorrieran el mundo sin citarse su autoría. «¿Qué importancia tiene?», nos dijo entonces, «mi mejor pago consiste en saber que esos personajes están siendo disfrutados por públicos que ni siquiera hablan mi mismo idioma y que, sin embargo, comprenden el significado de las aventuras, de las historias que alguna vez escribí a mano sobre una hoja de papel».
Los analistas de fenómenos de cultura popular lo citan fervorosamente, los adultos recuerdan con añoranza aquella dorada época de Misterix y Hora Cero, los más jóvenes lo descubren siempre nuevo y fresco en sus guiones. Y sus historietas resisten el paso del tiempo y aceptan nuevas lecturas cada vez, como ocurre con «El Eternauta», tal vez la cumbre de su producción.
«El Eternauta» (dibujada por Francisco Solano López) fue una revolución para los jóvenes lectores de 1957 porque planteaba la ciencia ficción en nuestro país y sugería la posibilidad de que una batalla con el enemigo alienígena se llevara a cabo en... la cancha de River, uno de nuestros grandes templos del fútbol.
Volvió a impactar a comienzos de la década del 60, en una versión integral que hasta dio origen a una revista con ese nombre.
Durante la dictadura militar fue el gran best seller de autor argentino que hizo temblar a una nueva generación que la leía viendo, en esa nevada mortal y en esa invasión, una metáfora perfecta al régimen que nos asfixiaba y acallaba con la muerte toda queja.
«El Eternauta» se ha mantenido en las librerías y en los quioscos argentinos desde entonces, edición tras edición. Hace muy poco (setiembre de 2001), en el contexto de una gran colección de autores fundamentales de la literatura argentina, el diario Clarín de Buenos Aires agotó en un día sesenta mil ejemplares más con un prólogo ejemplar de Juan Sasturain.
No es posible hablar de la historia de la historieta argentina sin hablar de Oesterheld.
Imposible descartar a quien, sin cesar, cotidianamente, contribuyó a elevar el género, convirtiéndose, por derecho propio, en uno de los escritores de literatura popular más grande de este tiempo.

 

Un escritor de aventuras

 
No se pueden escribir buenas historietas sin saber escribir buenas historias; o más sencillamente –y valga la redundancia–, sin saber escribir. En este sentido, Héctor Germán Oesterheld es el gran escritor de aventuras argentino. Claro, las narraciones de Oesterheld son guiones de historietas. Es decir, una particular forma de literatura, como decía el estudioso Oscar Masotta, «literatura dibujada».
En sus narraciones están los grandes temas que acosan al hombre desde siempre: el amor, el coraje, la lealtad, el tiempo y la muerte. Oesterheld escribió historias en que lo primordial es la acción, pero esta acción no es otra cosa que el desarrollo de un conflicto interno, subjetivo.
Conviene, tal vez, explicar qué se entiende por «aventuras». Marcel Schwob auspiciaba en el París de 1891 que «la novela será, sin duda, una novela de aventuras, en la más amplia acepción de la palabra, novela de crisis del mundo interior y del mundo exterior, la historia de las emociones del individuo y de las masas, o sea, que el hombre indague nuevamente dentro de su corazón, o que lo haga dentro de la historia, de la conquista de la tierra y de las cosas, o de la evolución». Y esta, estamos convencidos era en cierta medida la concepción de la aventura de Oesterheld, que late en cada uno de los textos que alguna vez creó.
En la extensa charla que tuvimos con Oesterheld –seguramente el reportaje más extenso que concedió jamás y, probablemente, el último–, los temas fluyeron libremente, de tema en tema, orillando el pocas veces mantenido hilo cronológico. No importa que el orden de la larga conversación sostenida con Oesterheld no se ciña demasiado al desarrollo de su obra paso a paso. Lo importante, imaginamos, son las opiniones del autor, sus experiencias y sus juicios.
Por eso, desde este momento, la historia de la historieta argentina es la historia de la historieta de Oesterheld, tal como él la vivió, tal como nos la contó, tal como nosotros la grabamos pregunta a pregunta.

 

El reportaje a Oesterheld
Entre las ciencias naturales y la poesía

Trillo: Intentemos arrancar desde el principio, desde cuando empezás a escribir.
Empecé haciendo cosas de divulgación científica para la Editorial Abril. No, ya me estoy equivocando. Lo primero que salió mío fue un cuento para chicos en el diario La Prensa. En esta época yo tenía dieciocho años. Les estoy hablando del año 40 o 41. Después hubo un largo tiempo en que no hice nada y me dediqué a estudiar ciencias naturales: zoología, botánica, antropología, etc. En ese tiempo había que estudiar todas estas materias, y me recibí de geólogo. En ese tiempo, entonces, el arma que tuve para conseguir el trabajo en todas las editoriales fue mi conocimiento de estas ciencias. Y no me acuerdo cómo fue, a raíz de un cuento publicado por La Prensa, me llamaron de Códex solicitándome otro cuento. Pero eso ya era en el 44 o 45.
 
Saccomanno: Vamos por partes. Contanos la historia de ese cuento de La Prensa. ¿Cómo llegó al diario? ¿Fue resultado de un concurso?
Fue una cosa de lo más insólita. Un amigo, de la facultad, era hijo uno de los jefes del diario. Este muchacho me tenía siempre por confidente literario. Pero yo nunca le retribuía las confidencias. Luego, tanto me insistió que al final le mostré un cuento. Y se lo llevó. Al poco tiempo me llamaron de La Prensa, querían que corrigiera unas galeras porque estaban por publicarlo.
T.: Esto quiere decir que por entonces proyectabas ser escritor.
No exactamente. Escribía cosas para mí. Era en esa edad en que uno quiere ser poeta. Nada más.
S.: ¿Conservás aquel cuento?
Sí. Y me produce un efecto extraño. Cuando lo leo me parece escrito por un profesional.
T.: Después de la publicación de ese cuento hay un paréntesis.
Exacto. Hasta que viene mi búsqueda de trabajo en las editoriales. Con Editorial Códex me pasó algo divertido. Me equivoqué de trabajo. Como comenzaba a trabajar también para Editorial Abril, dejé en Códex un trabajo de divulgación que debía entregar en Abril. Y en Abril, entregué un cuento infantil que debía entregar a Códex. En los dos lados gustaron las cosas. Y fue entonces que empecé a escribir como un loco.

 

De lector a narrador

S.: ¿Te acordás en qué revistas publicabas?
No, eso es posterior. La colección Bolsillitos la comencé yo por el 49 o 50. Después, lo más importante que hice en materia de literatura infantil fue Gatito, que es del ’51. Los Gatitos escritos por mí son los de los dos primeros años. Allí creé el personaje y le inventé toda la familia: el Ogro Rompococo, Perrito Doctor, la Princesa Tilina, El Ratón Gorgónzola. Hasta que un día, ahí en Abril, me preguntaron si me atrevía a escribir historietas... Yo, lo confieso, hasta ese momento no había leído nunca historietas. Leí, sí, libros de aventuras, cualquier cantidad. Y también policiales de todo tipo. Por supuesto, Salgari, Defoe, Stevenson y Verne, este último continuamente. Tuve la ventaja de tener hermanos mayores, de manera que desde los cinco años ya contaba con una buena biblioteca de esos géneros. Sí, la primera novela policial la debo haber leído, recuerdo, a los cinco años. Mi cultura de aventuras tiene esa procedencia, no la historieta.
T.: ¿Y cuál fue tu primera historieta ?
 
Fue para Misterix, ilustrada por Zoppi. Los personajes eran dos: Alan y Crazy. Eso debe haber sido, aproximadamente, por el 51. «Alan y Crazy» duró muy poco. Después hice una de guerra, «Lord Commando» y enseguida una policial que dibujó Pratt: «Ray Kitt». Entonces vino el primer pedido de una cosa importante, Césare Civita, el editor, me pidió una historieta con un piloto de pruebas. A mí me pareció que un piloto de pruebas era muy poco, que contaba con escasas posibilidades y resultaba bastante limitado. Por eso le fui agregando atributos y se convirtió en lo que después fue «Bull Rockett». De entrada, Civita lo rebotó. Dijo que eso no era lo que me había pedido. Pero, poco después, se arrepintió. Y tuvo la honestidad de venir a verme, a los gritos, diciendo que le gustaba mucho. Sí, después de habérmela rebotado salió felicitándome a los gritos... Y así empezó «Bull Rockett».
S.: ¿Cuál era tu relación con el dibujante?
Yo escribía el guión. En la editorial lo traducían al italiano o se lo mandaban a Campani y él, desde Italia, lo enviaba dibujado. Y por esta época viene el otro conflicto. Civita me pide una historia de cowboys para que dibuje Hugo Pratt, lo que después será el «Sargento Kirk». Yo tenía pensado, en cambio, un personaje totalmente distinto: un desertor del ejército argentino que huía a las tolderías. Sí, ya sé, una versión del «Martín Fierro», si se quiere. La cuestión es que tuve que traducir esa trama al western. Me costó poco adaptarlo. Y así nació el primer episodio de «Kirk», que salió redondo, porque ya en ese primer episodio tenía todo. Es cuando él deserta. En el episodio siguiente se hace amigo de los indios. A Civita (el propietario de Editorial Abril) terminó gustándole mucho, y se lo pasó a Pratt para que lo dibujara, como otros tantos argumentos.

 

El «tano» Pratt, un desconocido

S.: A propósito del nacimiento de Kirk. ¿Cuál fue la relación que estableciste con el dibujante? ¿Participaba Hugo Pratt en la creación de los argumentos?
Absolutamente para nada.
T.: ¿Nunca propuso ideas?
No, en aquel tiempo no.
T.: Bueno, pero alguna relación había. Siempre escuchábamos comentar que lo que distinguía, por ejemplo, a la Editorial Frontera que vos fundaste años más tarde, fue la relación estrecha entre el argumentista y el dibujante.
No, eso no existió nunca. No podía existir jamás por una simple relación geográfica. Yo vivo en Béccar, apartado de Buenos Aires, encerrado en un cuarto en mi casa que pocos dibujantes conocieron. Y el que iba a casa, como Pratt, no se ponía a trabajar. Tomábamos vino, hacíamos asado... Pero nunca trabajábamos. Jamás en casa nos hemos sentado para resolver un solo cuadrito de historieta. Siempre los guiones fueron terminados por mí. Y el dibujante, como Pratt, recibía el trabajo para dibujarlo.
 
S.: Nuestra pregunta apunta a que el guionista bien puede marcar una determinada secuencia que el dibujante puede respetar o no. Como ocurre generalmente, el dibujante la resolverá del modo que le parezca más adecuado. Agregando, quitando, etc.
Miren, lo que distinguía a Frontera era que los dibujantes disponían de libertad. No se los perseguía con imposiciones de ninguna clase si cambiaban una secuencia. Y eso es una cosa de doble filo, una ventaja en contra. Todo depende de quién hablemos. Nadie hizo ni hará nunca la historia de las muy buenas secuencias que los guionistas marcaron y los dibujantes no respetaron. Esa, vean, nadie la cuenta.
S.: Tal vez pasa que los dibujantes, al menos algunos, se sienten dueños exclusivos de la imagen. Y, una buena pelea, por ejemplo la tienen que contar ellos. No el guionista, quien debe limitarse a señalar las posiciones de la cámara.
Sí, de acuerdo, pero aparte de la calidad del dibujante existe otro factor que nadie menciona. Me refiero a las ganas de trabajar que tiene el dibujante en ese momento.
T.: Sin embargo, hay secuencias memorables de Pratt. Tomemos el caso de «Kirk», una página que ilustra uno de los libros de la Escuela Panamericana de Arte. Es una pelea del Corto con un pistolero. La acción, creo, está descrita únicamente con los brazos del pistolero en su agonía.
Ahora bien... ¿Cuántas secuencias memorables le habré marcado yo a Pratt que no las hizo? Y eso por falta de tiempo. Pero voy a decir la verdad. Voy a ser honesto. Él, en cierta forma, colaboraba conmigo. Por ejemplo, había este tipo de colaboración. Nos reuníamos a tomar vino y él me hacía escuchar un disco, una vieja balada de cowboys. A veces él mismo se ponía a cantar... Y entre el vino y la música yo también me ponía a cantar. Y así salió la «Balada de los tres hombres muertos». Pero esa no me la contó Pratt. Él simplemente, me puso el clima.

 

Los personajes de Abril

S.: Pero nos hemos comido unos cuantos años. Regresemos a cuando estabas en la Editorial Abril. ¿Qué personajes recordás, de los que hiciste, con más cariño?
Es difícil definirse por uno. Qué se yo, me acuerdo de uno que los especialistas del género olvidan y a mí me entusiasmó mucho. El «Indio Suárez». Era una historieta de ambiente deportivo dibujada por Carlos Freixas al principio y por Carlos Cruz más tarde. El Indio Suárez era un boxeador retirado que trabajaba de entrenador. Pero la acción no se circunscribía únicamente al boxeo. Había toda clase de deportes: atletismo, fútbol... El «Indio» era la historieta principal de Rayo Rojo, fue la que hizo más furor en la revista. A lo mejor en ese éxito tuvo mucho que ver Freixas, que venía de dibujar «Tucho, de canillita a campeón», en Patoruzito.
T.: ¿Hasta cuándo permaneciste en Abril?
Hasta 1956, creo. Haciendo Gatito, los Bolsillitos, las historietas «Bull Rockett», el «Indio Suárez», «Sargento Kirk», colaborando mucho en el Pato Donald; haciendo eso y mucho más, creo que trabajé en todo lo de Abril de esa época. No sé, se me traba la memoria. Porque para esa época hubo algún intento de sacar otra revista, como Dragón Blanco, que no era de Abril.
S.: ¿Escribías con algún tipo de censura en Abril?
No se hablaba de censura. Se hablaba de lo que quería el editor. Durante los primeros tiempos de «Bull Rockett» y «Kirk», Civita participaba mucho en el juicio de las historietas, decía si le gustaban, se discutía un poco. Como siempre.
 
T.: ¿Era sólo un juicio de gusto?
Era un juicio de gusto, sí. Y ahí, precisamente, surgía la censura. Si era un tema escabroso se charlaba y uno mismo se limitaba, se ponía los límites. En general, no había censura de otro tipo.
S.: Hablemos de dos de tus personajes más famosos: Bull y Kirk, si bien comprenden un mismo período, son bastantes diferentes entre sí: diferente en lo que respecta a sus carnaduras, a sus formas de encarar la solución de un conflicto.
Bueno, «Bull Rockett» era una historieta blanca, bastante neutra. En cierto modo, el heroísmo clásico. En este sentido, es un reflejo de la visión del mundo de la editorial, pero a través de la mirada de un personaje. Kirk, es cierto, comparado, es mucho más humano, más real.
T.: Recuerdo una vez, una mesa redonda en la que dijeron que eras el primer desmitificador de la historieta argentina. Se referían, me parece, a «Kirk», que es una historieta más reflexiva, más preocupada por contar algunos aspectos de la conquista del Oeste que, hasta vos, no se habían contado.
Con «Kirk», lo que me interesaba, sobre todo, era contar una buena historia. A medida que transcurrió el tiempo, en «Kirk» hubo cada vez menos tiros y trompadas. El héroe se equivocaba, perdía y esas son lindas cosas para poner en una historieta, porque entonces el personaje se ve verdaderamente de carne y hueso.
S.: Lo cual no ocurría en «Bull Rockett».
La humanidad en «Bull Rockett» pasaba más por la relación con la viejita, con Mamá Pigmy, quien inclusive fue la protagonista principal de todo un episodio en el que interviene en un concurso de hachar árboles. Allí, Bull todo lo que hacía era ayudarla un poco a ganar.
T.: ¿Y qué más hiciste en Abril?
En el comienzo hubo algo muy interesante, que luego no prosperó. Fue el «Capitán Caribe», dibujada por Dino Battaglia. Si se publicó algún episodio, yo nunca llegué a verlo.
S.: Sí, se publicó en 1959, pero en la historieta no figura el guionista.
Esas cosas suelen pasar con mucha frecuencia.

 

El sueño de la editorial propia

T.: ¿Cómo es que te separás de Abril?
Amistosamente. Me encuentro con Civita en la calle, vamos a tomar un café y le cuento que quiero sacar mi revista. Negociamos los personajes, Abril se quedó con «Bull Rockett» y yo con el «Sargento Kirk». Nos repartimos las figuritas.
S.: Por esa época, tal vez un poco antes, ya se notan cambios en la fisonomía de Kirk.
Es cierto. Los rasgos de Kirk cambian. Pero eso es fruto de la evolución de Pratt como dibujante. Es algo totalmente natural, que nadie le marcaba.
 
S.: Pero hay más. Porque parece haber un cambio casi generacional en el personaje. El Kirk de tus propias revistas adquiere mayor fuerza.
Lo que puede haber pasado es que yo cambié. Como guionista uno se va depurando. Cuando hacía el Kirk de Abril me hablaban de un episodio corto y eso eran 300 o 400 cuadros. Imagínense que, como un alarde, para los supernúmeros de Misterix, cuando me pedían un episodio corto, me pedían 100 cuadros. Y, que conste, el editor interpretaba esto como una audacia. Hay episodios de «Kirk», uno famoso, el de las canoas, que duró 1.500 cuadros. Hoy, ese mismo argumento, con 300 cuadros lo hubiera resuelto.
T.: ¿Por qué se abreviaron, por ese entonces, las historietas?
En parte porque disminuyeron las páginas de las revistas. Las revistas, poco a poco, entraron en la onda de la historieta completa y se dejó la historieta larga, por entregas. Pero eso no ocurre solamente en nuestro país. Por ese tiempo, el material que distribuían las agencies ya era de carácter unitario. En Hora Cero, por ejemplo, yo todo lo que hago es concentrar una anécdota y expresarla en 40 a 60 cuadros.
T.: Contanos cómo nace Frontera como proyecto editorial.
Nace estando yo en Abril. Tenía la idea de hacer unos libritos, de aprovechar el nombre y el prestigio ganado con los guiones y los personajes. En principio quería sacar novelas de Kirk y Rockett.
T.: Escribiste nueve, ¿verdad?
Y anduvieron bien. Por eso el distribuidor propuso que sacáramos una revista. Así nacieron las apaisadas Hora Cero y Frontera. Se imprimían de a dos. Luego vinieron los números extra, de 64 páginas en formato más grande. Y en el medio, el Hora Cero Semanal. Al ver que los libritos caminaban, me acuerdo, me separé de Abril. Por su parte, Civita ya no estaba tan interesado como antes en la historieta. Ya había empezado Claudia. Incluso, Mas Allá, una revista en la que colaboré, vendía alrededor de 20 000 ejemplares por edición.

 

La guerra, ese antiguo tema, tan nuevo

S.: Y llegamos a Hora Cero. Aquí interesa especialmente «Ernie Pike». Se trata de una historia de guerra pero no es solamente eso. Vos con tus guiones recordás otra cosa. Sin ir más lejos la condición humana a través de determinadas situaciones de extrema tensión. ¿De dónde proviene la documentación si es que la hay? ¿De dónde arrancan los episodios del corresponsal?
No es la documentación que todos piensan, ni de historias en fascículos ni de historietas. En ese tiempo no había nada. No había series de televisión como «Combate». No había nada de eso. Yo he sacado documentación de algunas novelas, buenas o mediocres, que empezaban a aparecer por entonces, especialmente en Estados Unidos.
T.: ¿Hemingway? ¿Mailer?
Leí a Hemingway, pero no tiene nada que ver. Mailer tampoco. Recuerdo «Los desnudos y los muertos». Pero cuando yo lo leí ya hacía rato que escribía argumentos de «Ernie Pike». Casi todas las novelas que digo eran mediocres, pero tenían una virtud, la documentación. En mi opinión, lo que más influyó en «Ernie Pike» fueron algunas grandes películas italianas «Paisá» o «Roma Ciudad Abierta». Y otras cosas, como novelas de la primera guerra. Cito «Sin novedad en el frente». Y antes, mucho antes, un clásico: «La guerra y la paz». Tolstoi tiene tramos excelentes. Y también un autor olvidado. Stephen Crane, el de «La roja insignia del coraje». Esta, por su tratamiento, es una historia moderna, estupenda historia, que más tarde iba a influir, a su vez, a Hemingway, quien nunca se preocupó por negarlo. «La roja insignia...» es el mejor modelo de las novelas de guerra. Porque es a la novela de guerra lo que es Edgar Poe, al relato policial. En ella tenemos al héroe tratado en forma moderna; con los miedos, las cosas impredecibles y previsibles al mismo tiempo; las cosas, digo, que de pronto lo convierten en un héroe o, repentinamente, en un cobarde.
 
S.: Pero también en los tiempos de Hora Cero vos producías una revista: Batallas Inolvidables. Toda esa información, ¿de dónde salía?
Ahí sí, ya empecé a hurgar y a encontrar. Esa es otra época. Ya había libros dedicados a una batalla. Por ejemplo, Montecassino, sobre la cual existía un libro americano. Todos esos libros contenían una buena parte documental. Pero, lamentablemente, nada que tuviera que ver con lo anecdótico.
T.: Porque lo anecdótico era labor tuya.
Eso es. Usaba una técnica que aún, al menos para mí, tiene vigencia. Es de una fecundidad inagotable. Son las fotos. Las fotos, sí, son mi técnica. Con cualquier foto a la vista uno puede escribir un guión. Me acuerdo de la foto de una mula muerta. Me preguntaba qué fue o qué pasó para que la mula muriera. A lo mejor, la mula ni aparece en el relato. Pero es un método de trabajo, de hacer aflorar la inspiración. Es una receta, ¿eh? No debería pasarla, pero... Hace poco vi cuadros de la Guerra de Secesión, de los combates del Norte contra el Sur. No había un solo cuadro que no contuviera, en potencia, una historia. Ni uno.
T.: ¿Y el corresponsal americano que se llamaba parecido? Se llamaba Ernie Pyle. ¿El Pike viene de allí?
Sí, es una especie de homenaje. Yo leí un artículo sobre Pyle que me impresionó mucho y me pareció una figura arquetípica. Incluso su muerte. Toda su vida parece escrita por un guionista. Luego leí algunas de las crónicas escritas por él. No ofrecían mayor anécdota. Eran, más que nada, siempre problemas humanos, el soldado pensando en su familia. Y si alguna vez contaba una acción bélica, la contaba de una manera muy pedestre, desde el punto de vista de un hombre cualquiera, como uno, sin siquiera mucho conocimiento de estrategia, armamento y todo eso. Por esta razón me resultó profundamente atractivo. Y cuando leí que había sido el corresponsal más leído de Estados Unidos durante la Segunda Guerra... y después el final que tuvo. Murió en Iwo Jima, ya había terminado la campaña; los vencedores estaban haciendo operaciones de limpieza. Iban varios en un jeep, un francotirador japonés disparó. Todos corrieron a tirarse en la cuneta. Era un incidente como tantos. Cuando se levantaron y volvieron al coche vieron que uno había quedado allá: Ernie Pyle, que estaba muerto. Y así terminó. Cierra su historia, y su vida, en forma redonda, redonda, en lo suyo, muriendo cuando terminó la guerra, de la forma más tonta.
S.: Ernie Pike, tuvo un hermano. Se llamaba Buster.
Cierto. Y duró poco ese hermano.
S.: También era periodista, pero de policiales.
A mí, a veces, me ha salido la serie del hermano. Bull Rockett también tenía un hermano: Joe. Y también andaba en el bajo fondo.

 

Lo bueno, lo malo y lo feo

T.: Hora Cero y Frontera tienen dos épocas bastante marcadas. Una buena y otro mala. Sin términos medios. De muy buenas que eran, pasaron a ser muy malas. ¿Qué pasó?
El tiempo me ha permitido irme enterando de muchas cosas. Fue un desastre no sólo el manejo financiero, sino el administrativo. El imprentero hacía clandestinamente una edición que vendía por su cuenta. En ese tiempo, mi hermano tenía que ocuparse de todo eso, pero no daba abasto. Cualquier editorial de envergadura en historietas, lo sé positivamente, hoy se ocupa de pagarle el sueldo a una persona para que vaya a la imprenta a destruir el cilindro una vez que se termina de imprimir la edición. Nosotros, oficialmente, llegamos a una venta alta que era de 80 a 90 000 ejemplares. Seguramente había otro tanto pirateado. Por la difusión que tuvo aquello de la Editorial Frontera, pienso, tenía que haber sido mucho más. Y encima, el imprentero, muy astuto, nos iba endeudando, cada vez más. Había dado crédito. Pero nosotros estábamos cada vez más endeudados. La venta alcanzaba para pagar, pero no tanto. Y así nuestro proyecto se fue ahogando económicamente. Cuando empezaron a venir precios buenos desde Europa, tentando a los dibujantes, no se pudo contrarrestar la oferta. Fue imposible. Pero por un mal manejo, nada más. Porque cuando empezó Hora Cero, se pagaban mejores precios que Abril, equiparados a los precios más altos de Europa. Y aquí creo que conviene, aunque no me gusta la palabra, desmitificar. Hay que desmitificar a los dibujantes. Porque a veces escuché que se habla de que los dibujantes pusieron el hombro para que salieran las revistas Hora Cero y Frontera. No es cierto. Se les pagaba mejor, por eso estaban.
 
S.: Hablemos de la decadencia de tus revistas.
Decaen cuando se van los dibujantes. Si hasta yo mismo empecé a perseguir otra manera de ganarme la vida y no ocuparme más de la revista. Esta, a su vez, empezó a ser mal atendida. Y la tomó entonces Ramírez, editora de Vea y Lea. Se quedaron con los títulos en concepto de pago de deudas.
S.: Y aquí comienza a publicar material mediocre de sindicatos distribuidores.
Exacto. Ya en el tiempo de Hora Cero se empieza a publicar el «Lucky Lucke», que lo descubrimos ahí, en el 57 o 58. Bueno, pero esa historieta no era mediocre, me refiero a otras... pero la razón de la caída fue una razón de mal manejo comercial y administrativo. A mí me causa gracia cuando escucho decir que Hora Cero fue posible gracias a que los grandes dibujantes pusieron el hombro. En ese tiempo, ellos estaban ocupadísimos trabajando para Abril. Y Abril pagaba bien. Si vinieron con nosotros fue porque les pagamos más. Que eso quede claro. En Hora Cero les pagábamos más.
T.: El material de Hora Cero, ¿se llegó a vender a otros países?
Se concretaron unas pocas ventas. Era un material difícil de colocar. Porque las historietas nuestras estaban fuera de lo que en el exterior acostumbraba a publicarse. En todo el mundo hay editoriales como en la Argentina. Editoriales muy importantes, pero llenas también de trabas y burocracia. «Ernie Pike», por ejemplo, en Londres, donde hablé con un funcionario de la Fleetway, enloquecido por el personaje; fue motivo de un caso divertido y paradójico. Ernie Pike le gustaba a este inglés. Pero aparecía su jefe y lo retaba. Le decía «¿Para qué vamos a publicar algo nuevo si con lo que estamos haciendo no nos alcanza la fábrica?»
S.: Lo mismo en todas partes.
Lo mismo. Uno va con una genialidad, van a decir que es muy bueno, pero que a ellos no les sirve. Y eso pasa en Francia, en Italia, en Argentina y en todas partes. Además, hay otra razón. Uno puede llegar a implementar un personaje diferente, pero si se les llega a ir, los editores quedan descolocados. Tienen su íntima porción de justificación, claro.

 

La gente de Hora Cero

S.: Ya nos contaste cuál era la relación entre el guionista y el dibujante por esa época. Pero, a pesar de todo, sospechamos que debería subyacer algún tipo de sensibilidad, de determinada tendencia gráfica, expresiva, que señalaba a algunos dibujantes capaces de encarar ciertos guiones y no otros. ¿Pensabas determinadas historias pensando en determinados dibujantes?
Cuando uno ve el trabajo de un dibujante, si es bueno, pasa algo. Uno se da cuenta, de lo que ese tipo puede o quiere dar. Es una unión entre ambos. El guionista empieza a ver con más claridad, también, lo que él mismo quiere. Si uno ve, por ejemplo, el «Mort Cinder», como lo hace Breccia, ya tiene un impulso nuevo.
T.: ¿Quién fue tu dibujante favorito?
Tendría que nombrar a varios. Pratt, Breccia, Solano López, con el «Eternauta». Del Castillo, con «Randall». Y Moliterni, con «Watami». No sé. Sería tan difícil como definirse a favor de un personaje. Yo hice con igual dedicación y puse tanto en «Joe Zonda» como en «Mort Cinder».
T.: En Hora Cero no eras el único guionista, también estaba Jorge Mora.
Ah, sí. Mi hermano. Una vez me trajo una historia de casi treinta páginas, larguísimas, impecables, pero con un buen carozo, un buen nudo argumental. Yo lo abrevié, usé sólo ese nudo y quedó una historia de calidad, gané por la precisión del tema. Las más de las veces mi hermano trabajaba sobre una idea que yo le proporcionaba. En algún caso eran enteramente de él. Y al final llegó a tener bastante cancha como guionista, lo hacía bien.
 
S.: Pero, en Hora Cero, ¿no hubo más guionistas que vos?
Hacia el final, algún muchacho...
T.: ¿Porqué ese monopolio? ¿No había otros guionistas? ¿O no los había buenos?
En aquel entonces, y recupero mi experiencia de Abril, nunca me conmoví con nada de lo que me trajeron. Porque a mí, lo que siempre me importó fue encontrar una buena historia, pero este término «buena historia», es tan vasto...

 

El simple arte de amar

T.: Vas a convenir con nosotros que definir qué es una buena historia no es muy simple.
Miren, eso depende de cada uno. Es medio intuitivo. Si yo digo que cuando estaba en Abril o en Frontera, no me conmovió nada de lo que me pudieron traer otros guionistas es por algo. Ahí tiene que funcionar un sentido adicional. Ya sé que esto es un poco arbitrario.
S.: Tal vez esto se aclare si precisamos un poco aquello de lo que raras veces se habla y cuando se habla, se hace con resquemor o miopía, me refiero al contenido.
T.: Por ejemplo, vos nunca hiciste una historia maniquea. O, decididamente, a favor de la injusticia.
Civita, recuerdo, en Abril, me pidió una historia de la Legión Extranjera. Hasta me había conseguido la documentación y todo. Todavía lo debo tener, un libro en francés con historias verdaderas de la Legión. Se llamaba «A moi la Lègion», que debe querer decir «A mí la Legión». Y yo lo leí de punta a punta. Y le dije a Civita: «Pero esta es una historia con héroes que son todos unos hijos de su madre, mercenarios, ladrones». Y me preguntó: «¿Pero entonces no la va a hacer?». Y le dije: «No». Es que uno lee esas historias de la Legión, como «Beau Geste», y se da cuenta de otras cosas. Y uno ve a los tipos esos peleando desde el fortín y a los otros, los que atacan a cuerpo descubierto. El coraje que hace falta para salir a la arena y venir a atacar ese fortín... ¿Dónde se le va la simpatía a uno? La simpatía se le va con el pobre ensabanado que viene ahí a atacar.
T.: ¿Nunca te dio vergüenza escribir historietas?
No.
T.: Por esa división que se hace con frecuencia entre géneros mayores y géneros menores, te lo pregunto.
No, al contrario. La historieta es un género mayor. Porque, ¿con qué criterio definimos lo que es mayor o es menor? Para mí, objetivamente, género mayor es cuando se tiene una audiencia mayor. Y yo tengo una audiencia mucho mayor que Borges. De lejos, y estoy seguro que Borges también hubiera querido escribir guiones. Como tantos escritores argentinos.
S.: Entonces no vamos a insistir más preguntándote sobre guionistas.
Les repito. Yo casi no leo historietas, yo leo literatura. Leo constantemente. Y si Borges saca una cosa, voy y la compro. Esas son mis fuentes. Y lo digo sin culpa. Leo buenos autores: Stevenson, desde chico. O Salgari, ya les dije.
T.: Y a Ongaro, ¿lo conociste?
El italiano Alberto Ongaro es un gran guionista, un excelente escritor y un gran tipo, muy amigo mío. En esa época todos pensaban que nos odiaríamos, ya que compartíamos el estrellato en Abril. Pero no es así. Por el contrario, fuimos amiguísimos siempre.
S.: ¿Alguna vez dejaste de creer en la historieta?
Como todo el mundo, cuando las cosas van mal. Fue por el final de Hora Cero. La editorial se fue quedando sin dibujantes y el mismo guionista, que era yo, andaba mal. En esa época yo, si no había dejado de creer, le andaba cerca. Toda la venida en banda fue una cosa ingrata, triste, con conflictos domésticos y caída de status.

 

«El Eternauta», las vicisitudes de una obra mayor

T.: Hasta ahora no hemos tocado una de tus obras más importantes, quizá la más importante. Hablamos de «El Eternauta». A propósito, hablemos de Solano López, su dibujante.
Un dibujante muy cálido. A mí me gustaba más que su modelo inicial, Paul Campani. Solano siempre fue más cálido. Y fue creciendo a partir de esa intensidad de los gestos, de los rostros.
S.: El primer «Eternauta» sale en Hora Cero, una revista de comics (dibujado por Solano). Su «remake», en una revista semanal de información frívola, en Gente (dibujado por Alberto Breccia). Entre una versión y otra hay contrastes y diferencias que no tienen que ver, seguramente, con el cambio de dibujante.
«El Eternauta» en Gente fue un fracaso. Y fracasó porque no era para esa revista. Yo era otro. No podía hacer lo mismo. Y Breccia, por su lado, también era otro. Ese «Eternauta» tenía sus virtudes, pero también sus contras. Por un lado, su mensaje literario. Por otro, su mensaje gráfico. Con respecto a su mensaje literario me enteré, mucho más tarde, que me habían suprimido párrafos enteros.
T.: La historia, creo, se cierra con una disculpa del editor. La historia de esa edición del «Eternauta», digo.
Claro, la editorial recibía cartas de los lectores insultando por publicar esa historieta. Y entonces el editor sacó una carta de disculpa. Por eso tuvimos que apurar el final, su desenlace.
S.: Que es un final circular. ¿Por qué?
Yo no le di esa circularidad por filosofía, sino por cerrar bien un buen relato. Pero el verdadero final fue cuando lo llamaron a Breccia, le explicaron que había un desfasaje con lo que el público quería y le pidieron que suavizara la cosa. Lo volvieron a llamar, dos o tres veces. Y él no hizo caso. No accedió a realizar las modificaciones. Y entonces se decidió acortar «El Eternauta». La decisión del editor de cortarla bruscamente y poner la disculpa. Entonces yo le mandé una carta al dueño de la editorial diciéndole que era una falta de respeto a los lectores lo que estaban haciendo. Y les propuse, ya que ellos decían que era una historieta demasiado cara, que le pagaran a Breccia, que yo se las concluía en quince páginas más, en lugar de las sesenta que faltaban. «Páguenle a Breccia lo que con él han pactado y a mí no me paguen nada y les hago lo que falta del guión y ahí se termina “El Eternauta”». Y ahí se terminó.
S.: En Linus, una revista mensual de historietas italiana, cuando se publicó «El Eternauta» se la calificaba como otra gran obra maestra de la literatura fantástica latinoamericana. Y se la comparaba con las obras de Borges, Bioy Casares y Cortázar. Sin embargo, no se hacía mención del guionista. Vos no figurabas.
Eso no fue por culpa de Breccia, sino por error de su representante en Italia.

 

Después de Hora Cero. ¿Qué?

T.: ¿Qué hacés cuando se cierra el ciclo de Hora Cero?
Trabajo en «Casco de Acero», en el Misterix de Romay. Ahí hice «Mort Cinder», «Watami», «León Loco», una historieta de barcos muy linda, que dibujaba Ernesto García.
T.: ¿Y «Wheeling»? ¿No tuviste nada que ver con ella?
No, nada que ver.
S.: Sin embargo, allí aparecía «Ticonderoga», picado de viruela, ya grandecito, gastado.
El tano Pratt lo habrá querido liquidar de alguna manera. «Wheeling» es muy posterior a «Ticonderoga».
T.: De todos los personajes de Hora Cero, ¿cuál fue el más importante?
«El Eternauta» era uno, pero también estaba «Randall», el que más éxito tuvo. Cuando maté a Randall hubo un aluvión de cartas.
S.: ¿Por qué matás a los personajes que se ganan el cariño de los lectores?
Por ese gran personaje que nadie aprovecha del todo, que es la muerte.
T.: En algunos de los números extra, «Randall» salió con mucho texto, como un cuento ilustrado.
Porque Del Castillo es un gran ilustrador. Pero no es un historietista. Hay que trabajar el guión de acuerdo con su estilo. Es un dibujante increíble, pero no de secuencias.
S.: Hablando de secuencias, una vez hiciste un «Leonero Brent» entero totalmente mudo.
Y también un «Ernie Pike» mudo, sin un solo texto, para Muñoz. Eran guiones que no precisaban de la palabra. La palabra eran las imágenes.

 

«Mort Cinder»: un héroe a fuerza de oficio

S.: ¿Es cierto que nunca trabajaste con los dibujantes en el desarrollo de un personaje?
El único caso es el caso Breccia. Hubo una charla con él. Una vez, mientras comíamos, le conté que íbamos a hacer una historia con un tipo que resucitaba. Y la conversación no avanzó mucho más de eso; no podía avanzar más, porque yo ni sabía qué era «Mort Cinder». Fíjense que después, con el tiempo, en la revista española Bang! salió una crítica a la historieta, de lo más justa, que dice que parece que «Mort Cinder» se hubiera construido a base de golpes de efecto. Y tiene razón. Pareciera que ese crítico hubiera sabido en qué circunstancias nació «Mort Cinder». Fue hecho en una época mía muy complicada; habían fracasado mis revistas, trabajaba en la empresa que hacía Vea y Lea. Entonces tomé el trabajo de «Mort Cinder» por unos pesos, que eran pocos, escasos. Y aunque me hubieran dado la mitad lo habría hecho igual. Y empecé a construir los primeros episodios a fuerza de oficio, hilvanando una historia que fue creciendo en el momento de su construcción, al hacerla. Yo no tenía tiempo, por todos los trabajos que hacía, para detenerme una tarde a pensarla un poco. Las deficiencias, las indefiniciones de «Mort Cinder» son las que luego fueron festejadas como un acierto. Pero yo mentiría si aceptara que lo son. En realidad, ese acierto, si lo es, es hijo de las circunstancias.

 

A cada héroe, su Sancho Panza

T.: Pero, en «Mort Cinder», como en muchos de tus héroes, el héroe no es el héroe. El verdadero protagonista es quien cuenta la historia; ese «yo» que testimonia la acción.
Claro, al principio el héroe es Ezra. Porque yo ni sabía quién iba a ser Mort.
S.: ¿Y en «Sherlock Time»?
En «Sherlock Time» también estaba el amigo que contaba la historia. Lo que pasa es que cuando me di cuenta de las virtudes de las fórmulas que manejaba con «Mort Cinder»... Me refiero a la movilidad en tiempo y espacio. Cualquier idea que se me ocurriera servía entonces para «Mort Cinder».
S.: En tus historietas siempre son más humanos las personajes secundarios. Los escuderos, los Sancho. En «Ticonderoga» está Caleb. En «Joe Zonda», Bob. En «Bull Rockett», Pig.
Es un poco el caso de Sherlock Holmes y Watson. Es un cruce que te ayuda, cuando hace falta, a adelantar la historia o a congelarla suministrando suspenso. Los héroes principales creo son excusas. Breccia en el caso de «Mort Cinder» o «Sherlock Time» los ha bautizado «los cara de lata».

 

El fin de la época dorada, las novelas ilustradas

S.: Las buenas historietas, como las que publicaban Hora Cero y Frontera, no tenían demasiado texto. Vos confiabas en la imagen.
Bueno, yo siempre estuve influido por el cine. El buen cine y la buena historieta son imagen. De esta manera, cuando me dieron piedra libre, trabajé las historias con poco diálogo y mucha imagen. Las más de las veces los textos deben cumplir funciones muy precisas; dar cambios de tiempo, de clima, de ánimo.
T.: Dijimos que después de Hora Cero trabajás otra vez para Misterix, pero en la segunda época de este título, ya en manos de otro editor, Yago. ¿Y después?
Después hice cosas para Editorial Zig Zag de Chile. Cowboys, automovilismo, ciencia ficción. Sé que por ahí, en ediciones pirata, andan dando vueltas las ediciones colombianas o venezolanas de «El Muertero» y «Tornado», dos western que hice por entonces.
S.: En 1968 se realiza en el Instituto Di Tella una gran exposición de historietas. De allí surgiría la revista LD (Literatura Dibujada), dirigida por Oscar Masotta. ¿Qué impresión tenés de ese período?
Recuerdo que el comentario final que yo hice fue que eso mostraba que en Argentina moría una hermosa época, porque si bien la exposición ocurría en el 68, la última obra importante databa del 63. Y si había algún joven dibujante mostrando algo, tenía tantas influencias de Breccia que no era cosa nueva, no aportaba nada.
T.: Y años más tarde, en el 72 empezás a colaborar en la Editorial Columba que, en la historia del comic argentino sólo ha aportado serializaciones con poca alma, tareas de producción en serie, llenas de texto, con la teorìa de que el lector debe aprovechar sus viajes en tren o en autobús leyendo tres o cuatro horas cada revista.
Al andar mal Top, una revista de Cielosur Editora donde yo por entonces escribía muchísimo, un directivo de Columba, le pidió al dibujante Spadari que me llamara en su nombre, para sondearme a ver si quería colaborar con ellos. Y lo hice.
T.: ¿Cómo fue eso?
Bueno, tengo un vicio, y es que profesionalmente me pude adaptar a todo tipo de requerimientos. Si hasta alguna vez llegué a escribir la memoria de un banco... En Columba, para empezar, me pidieron historietas de guerra. Y yo hice una historieta de guerra. Sólo que un poco más conversada que las de Hora Cero. Eso es lo primero que entregué. Era, básicamente, una buena historia. Y pasó. Y así seguí, entregando otras que también pasaron. Al cabo de un tiempo me dieron un personaje que estaba empezando a caminar. «Kabul de Bengala», dibujado por Horacio Altuna. Y no me explico cómo fue, llevado por la historia misma, por la época antigua, me encontré en el lugar en que se desarrollaban las anécdotas, pero ahora estas anécdotas, en vez de ser cuentos, eran novelas, pequeñas novelas. Y me sentí cómodo. Transcurría más tiempo dentro de cada historia. Eran difíciles de hacer, pero me divertía mucho. Y eso me gustó. Y me empezaron a dar otros personajes. Y a todos les di el mismo tratamiento. Es decir, muchos creen que me adapté yo a la fórmula de Columba, pero hubo un acostumbramiento mutuo, porque yo sé que a raíz de esto que hago le piden a otros guionistas que trabajen así. La estructura tipo novela que hago para Columba es mucho más laboriosa. Hay cosas que gasto en una sola vez y podrían dar para cinco o seis argumentos, pero al lector, es bueno reconocerlo, le da cosas más ricas.

 

El mercado de las historietas

S.: ¿Cómo ves el mercado de historietas? ¿Creés que hay espacio para más publicaciones?
El mercado potencial de historietas es muy vasto si uno piensa que hay mercado para las cómicas, el caso de Quinterno; doscientos, cuatrocientos mil ejemplares (de sus revistas Patoruzú, Isidoro, Patoruzito). Ese público potencial de historietas que no está servido. Y no hay que olvidar un público potencial que es el que lee Satiricón (mensuario de sátira polìtica de entonces) , que tiene una tirada que nadie nunca imaginó, casi 300 000 ejemplares. El público está. Hay que hacer las cosas bien. Cuando empecé «Kirk», el western estaba agotado. Pero siempre aparece una nueva cosa. Depende siempre del tratamiento que se le dé, si se tiene, como decíamos antes, una buena historia. Los géneros nunca están agotados. Con decirles que Breccia y yo teníamos ganas de seguir con «Mort Cinder», pero en el Oeste. Con todos los ingredientes clásicos –la diligencia, el duelo final, todo–, pero con algunas variantes.
T.: Es cierto. En cierta forma, «Corto Maltés», la serie de Pratt, no hace sino recrear las viejas constantes de la novela clásica de aventuras.
No la conozco mucho. No leo historietas. Aunque vi uno o dos episodios cortos.
S.: Hay episodios de «Corto Maltés» que tienen curiosas similitudes con guiones que vos escribiste. Por ejemplo, ese en el que el oro está guardado en los cañones. Ahora, si nosotros nos ponemos malpensados, ¿vos dónde te inspiraste?
Es una buena pregunta. Pero aclaro, que a pesar de mis lecturas, esa clase de recursos siempre fueron en mí originales. Porque esa es una de las metas que a mí me da ganas de seguir, encontrar un nuevo recurso, una nueva vuelta de tuerca. Es mucho más entretenido. Y es más, en las condiciones de una producción tan grande como la que yo tengo, debo hacerlo.

 

Tiempo para soñar

S.: ¿Qué te gustaría hacer en historietas después de todo lo que has hecho?
Una historia que me atrae mucho. Y un día la voy a escribir. La siento como una necesidad. Es una historia larga, pero muy larga, inexorablemente. Es sobre la Guerra del Paraguay. Con quien hablamos alguna vez de encararla fue con Solano López, quien, da la casualidad, desciende del caudillo paraguayo. En la Guerra de la Triple Alianza hay mucha riqueza. Entra todo. Y refleja, además, una problemática muy actual, que hoy vivimos. Y está, por supuesto, la parte dramática, con las provincias que no quieren dejarse arrastrar a una guerra.
S.: ¿Se te ocurrió hacerla en prosa?
No. La haría historieta. Y con Solano. Sí, si alguna vez se llega a dar la oportunidad de hacerla me pongo a trabajar en seguida.
T.: ¿Cuál es el género en que te sentís más a gusto?
Los más cómodos son los del pasado. Aunque la ciencia ficción también me atrae. Se puede decir muchas cosas, se puede metaforizar, aludir a lo de todos los días poéticamente. Es la pura imaginación.
T.: ¿Y el terror?
También. Pero guardo cierta resistencia al terror. Muchas veces se está cerca del golpe bajo. Pero no sé si se puede hablar de un género u otro. Todos son buenos. Depende de lo que se haga con ellos. Lógicamente, uno tiene, a veces preferencias. Yo he escrito historias ininterrumpidamente, una detrás de otra, saltando de un tema a otro. Hay algo que yo digo a todo guionista. Algo que hace falta. Y es tiempo para soñar. Aunque sea media hora. Cuando está haciendo la historia tiene que ensoñarse, que imaginarse a sí mismo en la situación que está describiendo. En esa situación yo me trampeo a mí mismo y me coloco en el lugar de los personajes. Y si eso no me da resultado, si me trabo, paro. Y me voy a cortar el pasto, a charlar con un amigo. Siempre es mejor parar en esos mementos. Y hacer algo que no tenga nada que ver.
S.: ¿Cuál es tu método de trabajo?
Con lápiz y mucho papel. Empiezo a borronear la idea. En una página pongo el carozo. En la segunda, lo amplío un poco. En la tercera amplío esa ampliación. Y así sucesivamente. Eso me llevará un par de horas. Y después, al término, redacto el guión con un desarrollo más elaborado, más minucioso. Recién entonces empiezo con la escritura definitiva.

 

Otras inquisiciones sobre el oficio de contar

T.: Hasta ahora, en esta charla, hemos merodeado la literatura. Vos decís que no leés historietas; con insistencia marcás que leés literatura. ¿Nunca se te dio por escribir «literatura seria»?
La tentación y el hambre de prestigio, eso, lo tenemos todos. Cuando pienso en el grupo familiar que me insiste para que haga la gran novela... Y sí, da más status. Completamente distinto. Por ejemplo para mi mujer y mis hijas sería distinto decir «soy la mujer de Borges o Sábato», que tener que decir «soy la mujer de un guionista de historietas». Personalmente, me siento mucho más satisfecho escribiendo para una masa de lectores. Pero, también pongamos un poco los pies sobre la tierra. Casi ninguno de los grandes escritores escribió en condiciones ideales. Yo creo que el libro viene cuando tiene que venir. Y si uno no lo ha escrito es porque la condición de uno no está para eso. Estoy segurísimo que cuando Hernández escribió «Martín Fierro», no tenía todo el dinero del mundo ni estaba feliz con su circunstancia. Por el contrario, ustedes saben cómo lo hizo.
S.: ¿Qué escritores situarías entre tus preferidos? ¿Borges, Bioy, Cortázar?
T.: ¿Sábato?
Me resulta muy pesado. A Cortázar lo leo con más gusto.
S.: Porque piensa buenas historias, quizás.
Además de que tiene buenas historias es un placer intelectual leerlo. Pero no hablemos sólo de los nuestros. También están Carpentier, Rulfo, Onetti, Benedetti... Son palabras mayores. Y entre los norteamericanos hay un grandísimo escritor, también periodista, que es Norman Mailer. Su «Los desnudos y los muertos» tiene pasajes excepcionales. No sé si leyeron «Los ejércitos de la noche». Los norteamericanos y los ingleses tienen una enormidad de autores que no conocemos.
S.: ¿Y Herman Melville? Te lo cito a propósito.
Melville es grande, el padre de todos. Sin olvidarnos de Conrad. Esos son geniales escritores de aventuras. Sería una lista interminable. Y en ella también incluiría uno que recuerdo con cariño especial. «El Principito», de Saint Exupéry.
T.: ¿Y en cine?
Me gustan tanto John Ford como Antonioni. Ya ven, me gusta un poco de todo.

 

La última pregunta

T.: ¿Y cuándo vas a ir a Europa?
No sé, pero debería ser cuanto antes, para recuperar la paternidad de algunos de mis personajes.